jueves, 12 de noviembre de 2009

EL NEGOCIO DE SER POBRE

lourdes Alguna de mis tías debió ser la culpable de haberme llevado a una iglesia por primera vez. Todas eran muy religiosas, mal habladas y fumadoras empedernidas. Les había tocado vivir una época donde un cigarrillo era el símbolo de distinción de las estrellas de Hollywood, ser mal hablado venía de una tradición familiar y, como fervientes católicas, su deber moral para con un sobrino (hijo de un ateo irreverente), era introducirlo en reino del Señor. En ese ambiente, saturado con aroma de incienso y murmullos, yo me concentraba en las páginas multicolores del grueso misal de cuero negro de mi tía Clara. Fue allí, donde oí por primera vez, frases que hablaban de los “pobres” como personas privilegiadas ante Dios. Para mí, los “pobres” eran los mendigos que pedían limosna a la entrada de la iglesia de “Lourdes”, las malolientes y agresivas marchantas de la plaza de Chapinero, los carboneros que, además de proveer los costales de combustinikonvac 206ble para las cocinas, tenían las caras tiznadas de negro y los “chinos de la calle” (que luego la real academia bautizó como “pelafustanillos”). Todos daban la impresión de no haber conocido nunca el agua ni el jabón. No veía ninguna razón que les mereciera ser los herederos del reino de los cielos.

La pobreza, a pesar de los esfuerzos para erradicarla, sigue siendo una condición persistente en una gran cantidad de los habitantes de Colombia. Atendiendo a su sentido de caridad cristiana, los dirigentes de este país, han venido elaborando toda clase de mecanismos, leyes, decretos e instituciones, encaminados a la protección de los menos favorecidos. Entre los beneficios que tienen, hoy día, los “pobres” en Colombia están:

DSC_0048 -Servicios de salud y educación gratis.

-No pagar impuestos. (No he conocido al primer “pobre” que declare renta.)

-Una suma de dinero mensual por cada hijo. (Algunos tienen hijos para poder recibir más dinero y luego los abandonan.)

-Enormes subsidios en los servicios públicos.

-Poder renunciar a un trabajo sin dar aviso previo. (El estado se queja del desempleo pero castiga al empleador… y no al empleado.)

-Invadir el espacio público con fines comerciales. (Las ventas callejeras no pagan arriendo ni “Sayco y Acinpro”.)

-Saqueo impune de bienes y servicios. (Tapas de alcantarilla, rejillas, bombillos, cables de cobre, luz, agua.)

-Todo esto sin que el estado exija nada a cambio y… finalmente… una “DEFENSORÍA DEL PUEBLO” que protege, escondiéndose detrás de leyes mal concebidas, todas las faltas de responsabilidad civil de estas personas.

almirante Después de la última notificación que recibí de la DIRECCIÓN DE IMPUESTOS NACIONALES (DIAN), sobre una vieja deuda, referente a una sociedad liquidada hace más de 20 años, descubrí que, en un país de más de cuarenta millones de habitantes, solo millón y medio de colombianos declaramos renta y tenemos la obligación (sin importar la situación económica) de generar los recursos para favorecer a los que se clasifican como “pobres”. Si entre ese millón y medio de incautos, alguno hace un reclamo o solicita un reembolso tributario justificado, el estado lo va a investigar como si fuera un delincuente.

¿Para gozar tranquilamente de todos los beneficios de ser colombiano, que tipo de imagen debemos presentar ante el estado?

DSC_0040 Definitivamente, clasificarme legalmente como “pobre”, puede llegar a ser un mejor negocio. La vida sin IVA, retenciones, colmada de subsidios y sin pagar arriendo en mis aventuras comerciales. Esto daría un gran impulso a mi capacidad adquisitiva. En vez de ir al cajero para pagar mi almuerzo, puedo llevar una rejilla (o una tapa de alcantarilla) donde el chatarrero (que no cobra tanta comisión como el banco) y, a todo esto, puedo añadir dos hijos más para cuadrar el presupuesto.

La batalla por la prosperidad común está mal encaminada. No existen verdaderos esfuerzos para sacar a la gente de la miseria. Únicamente beneficios para el que tome la decisión de mantenerse “pobre”. Así como algunas religiones afianzan su poder cultivando la ignorancia, la conservación de la pobreza parece ser una política de estado. Los “pobres” son una mayoría maleable y sus votos se compran fácilmente con promesas y regalos baratos. Son carne de cañón para cualquier demagogo carismático con algo de cerebro.

Luis Enrique Osorio Bernal

06 de noviembre de 2009

martes, 3 de noviembre de 2009

ENTRE BAMBALINAS

 gipsiesPara un niño de 4 años, “pisar las tablas” es una frase confusa. Yo la relacionaba con el ruido de las suelas de cuero sobre el listón machihembrado y, a la hora de la verdad, así sonaban los escenarios. Muchos golpes y chirridos, especialmente cuando había mucha gente moviéndose o bailando. Duré un tiempo para comprender que “las tablas” era un sinónimo de escenario. Los actores no solo pisaban las tablas sino subían a las tablas. Así transcurrieron los primeros años de mi vida. Entre el teatro municipal de Bogotá y mi casa. Como en esa época, nadie tocaba el colegio antes de los 6 años, mi mundo estaba saturado de cómicos, músicos, aroma de tinto con cigarrillo, el “tufo” alcohólico de uno que otro miembro de la “Compañía Bogotana de Comedias” y la horrible fragancia pasajera del caucho de las fajas de las actrices.

Salíamos a la calle para asistir a ensayos o representaciones y también para revisar los pormenores de la obra que estaba en curso. En una casa de la carrera 5ª, esas que surgen de los andenes altos de la perseverancia, vivían los hermanos Beltrán. Dos ecuatorianos que pintaban los gigantescos decorados de las comedias. Unos enormes telones, con temas de árboles y edificios, pasmados sobre papel “Kraft” y reforzados con una malla de algodón. En la carrera 9ª con calle 12 pasábamos horas interminables mientras mi madre regateaba agresivamente, los precios de los materiales para los disfraces, con los turcos de los almacenes de telas. El recorrido terminaba en la calle 8ª con carrera 8ª, al lado del observatorio, en el Teatro Municipal, durante uno de los ensayos cercanos al estreno de la obra. Nos acomodábamos en un palco para observar a mi padre dando gritos y haciendo mímica. Estaba proporcionando las últimas instrucciones a los actores. Zapateaba enérgicamente con un pié, llevando el ritmo de la música. Era importante cerciorarse que los de la orquesta y la pianista, una robusta chilena llamada Ana Machiavelli, no perdieran el compás.

leo5Todas estas actividades acaparaban la vida de mis padres y, por consiguiente, la nuestra. Muchos de los éxitos teatrales de la época, fueron revistas musicales. En la mayoría de los casos, tenían composiciones originales y, en otros, se plagiaba (sin miedo a un juicio por derechos de autor) toda la música del momento y los clásicos de la ópera. Se les añadían letras con temas burlones sobre política de actualidad o comportamientos sociales. Una manera muy divertida de retratar a Colombia.

Ser hijo de un teatrero es una experiencia diferente. Desde el palco donde nos refugiábamos, vimos transcurrir una versión simulada de la historia y las noticias del país, era nuestra fuente básica de información. Una (ligeramente) distorsionada versión de la realidad. El primer contacto que tuvimos con la música (ya fuera clásica o popular) mis hermanas y yo, fue muy distinto al de otros niños. Aprendimos todas las rancheras de la época, los ritmos caribeños, la zarzuela y la ópera con la letra equivocada. Nuestro “brindis del bohemio”, hablaba de chicha y totumas. Cantábamos porros que acompañaban duelos de espadas entre conquistadores españoles del siglo XVl. Recitábamos versos de sátira política que se acompañaban con la música de Jorge Negrete.
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A medida que avanzaba el espectáculo, nos iba cogiendo el sueño y, tarde en la noche, nos subían al Ford 41 para regresar a casa. Valía la pena combatir el peso de los párpados y así, alcanzar a ver las fuentes "luminosas" de la Plaza de Bolívar. Ver el agua impregnada de colores era una experiencia mágica. Avanzábamos lentamente por la carrera 7ª al ritmo de un tranvía solitario que, al poco tiempo, dejamos atrás. Cuando la luz del tranvía se convertía en un pequeño punto, mis párpados se cerraban otra vez y, lentamente, la mente me regresaba a todas las fantasías que giraban alrededor de las obras de teatro.

El país de hoy, no es muy diferente a ese que vivimos en las comedias. Todavía perduran muchos temas. La violencia sectaria de “AHÍ SOS CAMISÓN ROSAO”, los políticos corruptos de “EL DOCTOR MANZANILLO”, el clientelismo de “EL ZAR DE PRECIOS”, la ambición de poder de “PÁJAROS GRISES”, los contrastes culturales de “LA FAMILIA POLÍTICA” y diferencias sociales que no se han podido nivelar en los últimos 60 años. En ciertos momentos, hubiera preferido evitar la necesidad de subir a las tablas. De no integrarme con la realidad. No me gusta la comedia que estamos interpretando en este momento. Ciertas situaciones son menos dolorosas cuando las observamos desde un palco.
Luis Enrique Osorio Bernal
Noviembre de 2009

domingo, 18 de octubre de 2009

LAS SUMAS DE MÉRITOS

comunionsmall Durante la preparación para la primera comunión, teníamos que conseguir dos cajas de plástico (Marca “Kico”). La primera, estaba llena de granos de trigo que se pasaban a la segunda, uno por uno, por cada vez que hacíamos algún sacrificio. Lo que llegaba a considerarse un sacrificio, era una decisión casi personal y se refería a cosas muy pequeñas como compartir un dulce con el hermano o el amigo y rezar rosarios. De todas formas, los granos que íbamos acumulando en la segunda caja se convertían en el termómetro para medir nuestra devoción cristiana. La piadosa “señorita” que dirigía la preparación examinaba las cajitas de cada uno y meneaba la cabeza con gesto aprobatorio a medida que la cantidad de granitos crecía en la segunda caja.
   comunion1b La mayoría de los que los que compartieron conmigo tan importante evento, estaban convencidos de su fe, y de estar próximos a recibir a Dios en su interior. Para mí, después de haber crecido en un ambiente agnóstico, fue un episodio agradable, resultante de la presión social del colegio. Estaba mal visto que alguien, que hubiera superado tercero de primaria, no fuera portador del cuerpo de Cristo. Las personas que nos prepararon y nos dieron conferencias nunca se preocuparon de cómo realmente pensábamos. Ellos estaban cumpliendo su misión y se conformaban con medirnos por la cantidad de granos de trigo que acumulábamos.
Hoy, más que nunca, hay una tendencia obsesiva por darle valores numéricos a la capacidad humana. Los años que llevo en mi oficio no tienen ningún valor si no tengo trofeos para mostrar. Una hoja de vida razonable, debe estar impregnada de diplomas, títulos y premios. Para obtener un contrato del gobierno, se suman puntos (como quien suma granos de trigo). La cantidad de puntos es proporcional a la cantidad de “condecoraciones”. Nunca se toma en cuenta la experiencia o capacidad real de las personas y empresas. Nadie investiga… Se limitan a sumar puntos. Esto ha disparado una avalancha de expertos en triquiñuelas legales dirigidas a aumentar la acumulación de puntos y así, obtener convocatorias y contratos del gobierno. En la mayoría de los casos, las obras públicas acaban en las manos equivocadas. Me atrevo a decir que, a pesar del clientelismo, el país funcionaba mejor cuando este tipo de trabajos se asignaba “a dedo” y sin poner en peligro la integridad del funcionario encargado. Este afán de acumular méritos y cumplir cuotas tiene muchos otros lados oscuros:
double-yellow-lines Los agentes de tránsito se miden por la cantidad de infracciones que logran acumular y esto les ayuda a recibir créditos de vivienda. En su afán por complacer a sus superiores, ellos mismos crean las situaciones que les permiten multar a los ciudadanos inocentes con trampas de velocidad y prohibiciones traicioneras (poco notorias). Muy pocas veces se dedican a aligerar el flujo vehicular. 
Masacres del ejercito alemán El peor ejemplo viene siendo el de los “falsos positivos” del ejército. A quien se le pudo ocurrir que los únicos méritos de un soldado estuvieran sujetos a la cantidad de enemigos muertos. Era de esperarse que, al no encontrar enemigos... ¿porqué no inventárselos?.. Que mejores víctimas que la cantidad de jóvenes desempleados y regados por todo el país. Sin pensarlo dos veces, algunos militares, ante la posibilidad de un acenso, decidieron hacer una pequeña trampa y, como cualquiera que inventa puntos, sacrifican a jóvenes engañados y convenientemente disfrazados de guerrilleros. El sistema de evaluación por puntos y esa tendencia que tenemos los colombianos de obviar las reglas para manipularlas a nuestro antojo, son (en buena parte) las causante de estos y muchos otros desastres.
textures-large-214Debe haber formas más humanas e intuitivas de evaluar capacidades. De encontrar a los que pueden desarrollar un oficio con cierto grado de eficiencia y honestidad. Formas más profundas que una simple suma de méritos. Nuestra idiosincrasia es demasiado compleja para pretender evaluarla mediante una sencilla fórmula matemática. Volviendo a la primera comunión… a veces me pregunto si alguno de esos compañeros, buscando el beneplácito divino, acumuló granos de trigo sin haber hecho ningún sacrificio y… se quedó con la costumbre. 

jueves, 8 de octubre de 2009

XENOFOBIA INSTITUCIONALIZADA

desplz780 El rector de uno de los tantos colegios del departamento del Chocó, me decía en un tono contundente: “Aquí educamos a los muchachos por lo que son para que no tengan falsas aspiraciones y se desarrollen dentro de su etnia como afro-colombianos”. Me sorprendió oír esa afirmación. Yo crecí sin conciencia de las “etnias” y a las personas con piel oscura era normal que nos dijeran “negros”. Siempre viví muy orgulloso de la poca importancia que se le daba en nuestro país al color de la piel. Nunca pensé que el “mono” Villegas, el “negro” Loaiza, el indio Mazabel o “vasoeleche” pudieran sentir que sus apelativos, o el tono de su piel, los hicieran diferentes del resto de los compañeros.
La constitución del ’91 otorgó, con muy buena intención, una serie de beneficios a las etnias. Se les concedieron oportunidades por encima de las de otros colombianos. Las etnias tienen, entre otras cosas, espacios pre-asignados dentro de la televisión estatal. Si se supone que somos una sociedad igualitaria sin distinciones de raza o sexo, la política que favorece a las etnias resulta discriminativa. No deberíamos beneficiar ni perjudicar a nadie por el color de su piel, su nivel de ingresos o sus costumbres regionales. Por otra parte, estas medidas encierran un enfoque paternalista. No una política de desarrollo.
DSC_0161-2 Para sacar el país adelante, debemos recurrir a fórmulas que no tengan visos de “limosna institucionalizada”. Las maneras de combatir la pobreza y la marginalidad social no pueden estar compuestas por subsidios, privilegios y clientelismo. Los subsidios los paga la otra mitad de la población y generalmente llegan a las manos equivocadas. Los privilegios son dirigidos a unos pocos y los puestos públicos nunca alcanzan para todos.
La parte del país que se siente olvidada y rezagada es la causa de la mayoría de nuestros problemas. Las soluciones que han adoptado los últimos gobiernos han dado más resultados negativos que positivos. El bachiller o el universitario promedio, inclusive el que no ha recibido mucha educación, ante la ausencia de oportunidades, se ve obligado a emigrar o buscar ingresos con el narcotráfico y los grupos armados.
Las zonas rodeadas con algún tipo de industria, logran crear comunidades estables. En Becerril (Cesar) entrevisté a varios jóvenes que ya tenían previsto trabajar en las minas de carbón apenas terminaran sus estudios. En el norte del valle, a pesar de los problemas de narcotráfico y paramilitarismo, hay poblaciones agrícolas que gozan de cero desempleo.
DSC_0274 Para generar progreso en el Pacífico colombiano, debemos impulsar la economía local, no con clientelismo ni paternalismo, como se está haciendo actualmente, sino impulsando fuentes de trabajo que tengan posibilidades de surgir en esta zona tan agreste. Las aspiraciones del chocoano de hoy, se limitan, generalmente, a lograr una posición dentro del sector público. Quibdó es una ciudad llena de maestros, policías y toda suerte de funcionarios. Busquemos buenas soluciones para el Chocó. Las arcas del Departamento no son inagotables y la política de estado tiende a alimentar una xenofobia que hasta hace algunos años no existía. No creo que sea conveniente dividir a los colombianos en “etnias”.

domingo, 27 de septiembre de 2009

HURGANDO LLAGA (La superación de la etapa escolar)



Adquirir notoriedad a punta de comentarios sarcásticos y controversiales viene a ser una técnica antigua. La utilizaron los grandes oradores romanos y los bufones de las cortes europeas. No niego que puede llegar a ser divertida. Siempre me ha encantado ver las caras de la gente cuando reciben una respuesta o una frase inesperada. Para mí, es una tradición que viene del colegio. Desde la época de primaria, (cuando Carmencita Casas nos aterrorizaba infundiéndonos miedo al infierno) era importante poder hacer observaciones agrias a los compañeros y tener la entereza de recibirlas sin inmutarse ni tomarlo en una forma personal.
Con el tiempo, he descubierto que no todo el mundo acepta con gracia un ataque verbal contra su dignidad. Los “nuevos” del colegio, habitualmente respondían con exabruptos de violencia y muchas de las personas con las que me tocó trabajar, en mis años de proveedor publicitario, se limitaban a no volverme a asignar contratos. La tolerancia al humor negro es una cualidad limitada a los que se criaron dentro de esta mecánica mental. El lado negativo de esta costumbre aparece cuando se pierde la borrosa frontera que existe entre el chiste y la realidad.
…¿Cuando estamos jugando una broma? Y…
…¿Cuando estamos menospreciando una persona por lo que consideramos un defecto o una diferencia de opinión?
Después de trazar un límite entre las dos intenciones, y estoy hablando de mis años de primaria, logré sumar a muchos individuos diferentes (y en algunos casos rechazados), a la lista de mis más queridos amigos. De esos amigos aprendí, en un gran porcentaje, los reglamentos, actitudes y oficios que me llevaron a ser una mejor persona (o por lo menos a creer que lo soy).
Aunque el sarcasmo fuera la actitud general, en esa época, dentro de este panorama no faltaban los estereotipos. El intrigante que trataba de armar grupos para tener respaldo cuando agredía a alguien o hablaba mal de los demás, el “matón” que sacaba provecho de su fuerza física para lograr sus objetivos, mostrando sus armas y profiriendo amenazas verbales. Finalmente el “sapo” oportunista que se afiliaba a alguno de los dos grupos para obtener protección. Hoy, la vida de todos esos compañeros ha cambiado y reunirnos resulta muy placentero. Somos un grupo de sesentones que nos salimos de los estereotipos hace muchos lustros. Nunca hemos abandonado el diálogo sarcástico pero lo utilizamos con mayor sabiduría y sentido de la diversión.
Los nuevos dirigentes de América Latina no parecen haber superado la etapa del colegio. Algunos hacen con mucha propiedad el papel del “matón”. Tratan de demostrar, a toda costa, su fuerza física y vociferan improperios provocadores. Otros son los perfectos intrigantes, manipulan a sus secuaces para ejercer su poder y (si es posible) perpetuarlo sin respetar las respectivas constituciones. Los sapos que se esconden detrás de los líderes están regados por todo el continente, apoyándose también en la corrupción, el narcotráfico y el oportunismo. Hay poca tolerancia e insisten en estigmatizar a los que no aceptan sus ideas. Es triste pensar que pueden pasar muchos lustros antes de que estos señores superen la etapa escolar, aprendan a convivir con los que piensan diferente a ellos, se conviertan en mejores personas y así, seriamente… Con honestidad…, gobernar estos países.
…¿Será posible?....


domingo, 20 de septiembre de 2009

TRAIGAN FRUTAS




Cualquier travesía, que incluyera algo de carretera, requería de mucha preparación. Nuestras madres empacaban termos, fiambre, cobijas, jabón (por si se rompía el tanque de gasolina con una piedra), toda suerte de palancas para cambiar una llanta, parches, bomba de aire manual y un balde para recoger agua en caso de una recalentada. Era una verdadera odisea. En el camino, había una especie de código de cortesía que se respetaba religiosamente. El que sube tiene la vía, y, si es necesario, el que baja, apaga las luces para no encandelillarlo. Hay que ayudar al varado (y nunca se pensó en el riesgo de un atraco). Nadie dudaba en detenerse para hacer pipí y (también) cada vez que los niños se mareaban con las curvas. El viaje era lento pero placentero. Detrás del espaldar del asiento delantero había una especie de cordón donde se colgaban las ruanas y las cobijas para pasar el páramo. Era, precisamente, en la subida al páramo, donde venía la recalentada. No importa que fuera el de “Letras”, “Papas” o “San Miguel”. Aflojar la tapa del radiador con un trapo rojo (para no quemarse) y añadir mucha agua era una parte importantísima de la ceremonia. Cuando comenzaba a salir un chorro de vapor debajo del capó y tocaba esperar a que la temperatura bajara, se entendía la importancia del fiambre. Este incluía papa salada, sándwiches y huevo duro. En el termo (de esos con estrías que también servían de Guacharaca), había suficiente agua de panela para mantenernos a todos calientes.
Gracias a la tecnología y al progreso, se han sorteado algunos inconvenientes pero… el espíritu… sigue siendo el mismo… Salir al campo para romper la rutina y enfrentarse a lo inesperado.
Aunque ya son poco probables los pinchazos y las recalentadas, aún se conservan muchas tradiciones. Todavía suceden los derrumbes que bloquean el tráfico. Donde hay doble calzada, es igual de difícil adelantar un camión que cuando no la había. Los vehículos más lentos insisten en circular por la izquierda. Nunca he logrado entender si esto sucede por las tendencias políticas de los conductores o porque aprendieron a manejar en Inglaterra. Las ventas de frutas, verduras, plantas, achiras y artesanías, tratan de estar lo más cerca posible del camino. Se cierran hasta hacerlo parecer el corredor de una plaza de mercado. No existe un área libre para poder orillarse o estacionar en caso de una emergencia. La Policía de Carreteras se ha vuelto menos arbitraria. Ahora pintan rayas de división con doble línea (donde no son necesarias) y así tener una razón legal para poner multas (o recolectar propinas). No hay manera de olvidar que seguimos en manos del Sagrado Corazón y la deshonestidad mezquina de la mentalidad tropical.
Las recompensas están en el aire puro, los colores que inundan la tierra, los cerros verdosos con los nevados al fondo y la imponencia del muro de roca que rodea la Sabana de Bogotá. Finalmente, para completar el viaje, le damos gusto a la tía, suegra o abuela que suplicó, con un gritó, antes de comenzar la jornada: …“traigan frutas”.

lunes, 10 de agosto de 2009

Colores



Colores de mi trópico

jueves, 16 de julio de 2009

LOMA AMARILLA


En el momento que llegamos al valle sagrado de Zaquencipá, dejó de llover. El clima, en esta parte del país, parece tener sus privilegios. El sol de la mañana apareció muy temprano. La luz rasante iluminó una neblina que parecía estar pegada al suelo. Estábamos rodeados de paisaje, luz y cielos… muy azules. Es uno de esos sitios donde se siente paz y sosiego. Jose, es una de tantas personas que se establecen allí para optimizar su estado de ánimo.
Loma Amarilla, la casa de Jose, cerca de Suamerchán, es un verdadero paraíso. Jose vive entre perros, canarios, aire puro y buena compañía… transmite una tranquilidad que genera envidia. No se habla de la crisis económica ni la reelección. Los temas son caballos, cabalgatas, paisajes, el agua del pozo, que viene a tener la misma densidad de la del “Mar Muerto”, o los nombres de los canarios que merodean dentro de la casa. Íbamos a hacer una visita corta y nos quedamos todo el día. Tres horas más tarde ya estábamos en Bogotá… De vuelta con el “pico y placa” y… a… enfrentar la realidad.