Adquirir notoriedad a punta de comentarios sarcásticos y controversiales viene a ser una técnica antigua. La utilizaron los grandes oradores romanos y los bufones de las cortes europeas. No niego que puede llegar a ser divertida. Siempre me ha encantado ver las caras de la gente cuando reciben una respuesta o una frase inesperada. Para mí, es una tradición que viene del colegio. Desde la época de primaria, (cuando Carmencita Casas nos aterrorizaba infundiéndonos miedo al infierno) era importante poder hacer observaciones agrias a los compañeros y tener la entereza de recibirlas sin inmutarse ni tomarlo en una forma personal.
Con el tiempo, he descubierto que no todo el mundo acepta con gracia un ataque verbal contra su dignidad. Los “nuevos” del colegio, habitualmente respondían con exabruptos de violencia y muchas de las personas con las que me tocó trabajar, en mis años de proveedor publicitario, se limitaban a no volverme a asignar contratos. La tolerancia al humor negro es una cualidad limitada a los que se criaron dentro de esta mecánica mental. El lado negativo de esta costumbre aparece cuando se pierde la borrosa frontera que existe entre el chiste y la realidad.
…¿Cuando estamos jugando una broma? Y…
…¿Cuando estamos menospreciando una persona por lo que consideramos un defecto o una diferencia de opinión?
Después de trazar un límite entre las dos intenciones, y estoy hablando de mis años de primaria, logré sumar a muchos individuos diferentes (y en algunos casos rechazados), a la lista de mis más queridos amigos. De esos amigos aprendí, en un gran porcentaje, los reglamentos, actitudes y oficios que me llevaron a ser una mejor persona (o por lo menos a creer que lo soy).
Aunque el sarcasmo fuera la actitud general, en esa época, dentro de este panorama no faltaban los estereotipos. El intrigante que trataba de armar grupos para tener respaldo cuando agredía a alguien o hablaba mal de los demás, el “matón” que sacaba provecho de su fuerza física para lograr sus objetivos, mostrando sus armas y profiriendo amenazas verbales. Finalmente el “sapo” oportunista que se afiliaba a alguno de los dos grupos para obtener protección. Hoy, la vida de todos esos compañeros ha cambiado y reunirnos resulta muy placentero. Somos un grupo de sesentones que nos salimos de los estereotipos hace muchos lustros. Nunca hemos abandonado el diálogo sarcástico pero lo utilizamos con mayor sabiduría y sentido de la diversión.
Los nuevos dirigentes de América Latina no parecen haber superado la etapa del colegio. Algunos hacen con mucha propiedad el papel del “matón”. Tratan de demostrar, a toda costa, su fuerza física y vociferan improperios provocadores. Otros son los perfectos intrigantes, manipulan a sus secuaces para ejercer su poder y (si es posible) perpetuarlo sin respetar las respectivas constituciones. Los sapos que se esconden detrás de los líderes están regados por todo el continente, apoyándose también en la corrupción, el narcotráfico y el oportunismo. Hay poca tolerancia e insisten en estigmatizar a los que no aceptan sus ideas. Es triste pensar que pueden pasar muchos lustros antes de que estos señores superen la etapa escolar, aprendan a convivir con los que piensan diferente a ellos, se conviertan en mejores personas y así, seriamente… Con honestidad…, gobernar estos países.
…¿Será posible?....

1 comentario:
Kike San:
Me dió gusta repasar todas las cosas que bien conozco de su persona. No tengo elocuencia en el momento y menos manos pues me rompi la muñeca o sea que de guitarra y saxofón, pocon.
lo aprecio, respeto y quiero mucho
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