domingo, 20 de septiembre de 2009

TRAIGAN FRUTAS




Cualquier travesía, que incluyera algo de carretera, requería de mucha preparación. Nuestras madres empacaban termos, fiambre, cobijas, jabón (por si se rompía el tanque de gasolina con una piedra), toda suerte de palancas para cambiar una llanta, parches, bomba de aire manual y un balde para recoger agua en caso de una recalentada. Era una verdadera odisea. En el camino, había una especie de código de cortesía que se respetaba religiosamente. El que sube tiene la vía, y, si es necesario, el que baja, apaga las luces para no encandelillarlo. Hay que ayudar al varado (y nunca se pensó en el riesgo de un atraco). Nadie dudaba en detenerse para hacer pipí y (también) cada vez que los niños se mareaban con las curvas. El viaje era lento pero placentero. Detrás del espaldar del asiento delantero había una especie de cordón donde se colgaban las ruanas y las cobijas para pasar el páramo. Era, precisamente, en la subida al páramo, donde venía la recalentada. No importa que fuera el de “Letras”, “Papas” o “San Miguel”. Aflojar la tapa del radiador con un trapo rojo (para no quemarse) y añadir mucha agua era una parte importantísima de la ceremonia. Cuando comenzaba a salir un chorro de vapor debajo del capó y tocaba esperar a que la temperatura bajara, se entendía la importancia del fiambre. Este incluía papa salada, sándwiches y huevo duro. En el termo (de esos con estrías que también servían de Guacharaca), había suficiente agua de panela para mantenernos a todos calientes.
Gracias a la tecnología y al progreso, se han sorteado algunos inconvenientes pero… el espíritu… sigue siendo el mismo… Salir al campo para romper la rutina y enfrentarse a lo inesperado.
Aunque ya son poco probables los pinchazos y las recalentadas, aún se conservan muchas tradiciones. Todavía suceden los derrumbes que bloquean el tráfico. Donde hay doble calzada, es igual de difícil adelantar un camión que cuando no la había. Los vehículos más lentos insisten en circular por la izquierda. Nunca he logrado entender si esto sucede por las tendencias políticas de los conductores o porque aprendieron a manejar en Inglaterra. Las ventas de frutas, verduras, plantas, achiras y artesanías, tratan de estar lo más cerca posible del camino. Se cierran hasta hacerlo parecer el corredor de una plaza de mercado. No existe un área libre para poder orillarse o estacionar en caso de una emergencia. La Policía de Carreteras se ha vuelto menos arbitraria. Ahora pintan rayas de división con doble línea (donde no son necesarias) y así tener una razón legal para poner multas (o recolectar propinas). No hay manera de olvidar que seguimos en manos del Sagrado Corazón y la deshonestidad mezquina de la mentalidad tropical.
Las recompensas están en el aire puro, los colores que inundan la tierra, los cerros verdosos con los nevados al fondo y la imponencia del muro de roca que rodea la Sabana de Bogotá. Finalmente, para completar el viaje, le damos gusto a la tía, suegra o abuela que suplicó, con un gritó, antes de comenzar la jornada: …“traigan frutas”.

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