domingo, 27 de septiembre de 2009

HURGANDO LLAGA (La superación de la etapa escolar)



Adquirir notoriedad a punta de comentarios sarcásticos y controversiales viene a ser una técnica antigua. La utilizaron los grandes oradores romanos y los bufones de las cortes europeas. No niego que puede llegar a ser divertida. Siempre me ha encantado ver las caras de la gente cuando reciben una respuesta o una frase inesperada. Para mí, es una tradición que viene del colegio. Desde la época de primaria, (cuando Carmencita Casas nos aterrorizaba infundiéndonos miedo al infierno) era importante poder hacer observaciones agrias a los compañeros y tener la entereza de recibirlas sin inmutarse ni tomarlo en una forma personal.
Con el tiempo, he descubierto que no todo el mundo acepta con gracia un ataque verbal contra su dignidad. Los “nuevos” del colegio, habitualmente respondían con exabruptos de violencia y muchas de las personas con las que me tocó trabajar, en mis años de proveedor publicitario, se limitaban a no volverme a asignar contratos. La tolerancia al humor negro es una cualidad limitada a los que se criaron dentro de esta mecánica mental. El lado negativo de esta costumbre aparece cuando se pierde la borrosa frontera que existe entre el chiste y la realidad.
…¿Cuando estamos jugando una broma? Y…
…¿Cuando estamos menospreciando una persona por lo que consideramos un defecto o una diferencia de opinión?
Después de trazar un límite entre las dos intenciones, y estoy hablando de mis años de primaria, logré sumar a muchos individuos diferentes (y en algunos casos rechazados), a la lista de mis más queridos amigos. De esos amigos aprendí, en un gran porcentaje, los reglamentos, actitudes y oficios que me llevaron a ser una mejor persona (o por lo menos a creer que lo soy).
Aunque el sarcasmo fuera la actitud general, en esa época, dentro de este panorama no faltaban los estereotipos. El intrigante que trataba de armar grupos para tener respaldo cuando agredía a alguien o hablaba mal de los demás, el “matón” que sacaba provecho de su fuerza física para lograr sus objetivos, mostrando sus armas y profiriendo amenazas verbales. Finalmente el “sapo” oportunista que se afiliaba a alguno de los dos grupos para obtener protección. Hoy, la vida de todos esos compañeros ha cambiado y reunirnos resulta muy placentero. Somos un grupo de sesentones que nos salimos de los estereotipos hace muchos lustros. Nunca hemos abandonado el diálogo sarcástico pero lo utilizamos con mayor sabiduría y sentido de la diversión.
Los nuevos dirigentes de América Latina no parecen haber superado la etapa del colegio. Algunos hacen con mucha propiedad el papel del “matón”. Tratan de demostrar, a toda costa, su fuerza física y vociferan improperios provocadores. Otros son los perfectos intrigantes, manipulan a sus secuaces para ejercer su poder y (si es posible) perpetuarlo sin respetar las respectivas constituciones. Los sapos que se esconden detrás de los líderes están regados por todo el continente, apoyándose también en la corrupción, el narcotráfico y el oportunismo. Hay poca tolerancia e insisten en estigmatizar a los que no aceptan sus ideas. Es triste pensar que pueden pasar muchos lustros antes de que estos señores superen la etapa escolar, aprendan a convivir con los que piensan diferente a ellos, se conviertan en mejores personas y así, seriamente… Con honestidad…, gobernar estos países.
…¿Será posible?....


domingo, 20 de septiembre de 2009

TRAIGAN FRUTAS




Cualquier travesía, que incluyera algo de carretera, requería de mucha preparación. Nuestras madres empacaban termos, fiambre, cobijas, jabón (por si se rompía el tanque de gasolina con una piedra), toda suerte de palancas para cambiar una llanta, parches, bomba de aire manual y un balde para recoger agua en caso de una recalentada. Era una verdadera odisea. En el camino, había una especie de código de cortesía que se respetaba religiosamente. El que sube tiene la vía, y, si es necesario, el que baja, apaga las luces para no encandelillarlo. Hay que ayudar al varado (y nunca se pensó en el riesgo de un atraco). Nadie dudaba en detenerse para hacer pipí y (también) cada vez que los niños se mareaban con las curvas. El viaje era lento pero placentero. Detrás del espaldar del asiento delantero había una especie de cordón donde se colgaban las ruanas y las cobijas para pasar el páramo. Era, precisamente, en la subida al páramo, donde venía la recalentada. No importa que fuera el de “Letras”, “Papas” o “San Miguel”. Aflojar la tapa del radiador con un trapo rojo (para no quemarse) y añadir mucha agua era una parte importantísima de la ceremonia. Cuando comenzaba a salir un chorro de vapor debajo del capó y tocaba esperar a que la temperatura bajara, se entendía la importancia del fiambre. Este incluía papa salada, sándwiches y huevo duro. En el termo (de esos con estrías que también servían de Guacharaca), había suficiente agua de panela para mantenernos a todos calientes.
Gracias a la tecnología y al progreso, se han sorteado algunos inconvenientes pero… el espíritu… sigue siendo el mismo… Salir al campo para romper la rutina y enfrentarse a lo inesperado.
Aunque ya son poco probables los pinchazos y las recalentadas, aún se conservan muchas tradiciones. Todavía suceden los derrumbes que bloquean el tráfico. Donde hay doble calzada, es igual de difícil adelantar un camión que cuando no la había. Los vehículos más lentos insisten en circular por la izquierda. Nunca he logrado entender si esto sucede por las tendencias políticas de los conductores o porque aprendieron a manejar en Inglaterra. Las ventas de frutas, verduras, plantas, achiras y artesanías, tratan de estar lo más cerca posible del camino. Se cierran hasta hacerlo parecer el corredor de una plaza de mercado. No existe un área libre para poder orillarse o estacionar en caso de una emergencia. La Policía de Carreteras se ha vuelto menos arbitraria. Ahora pintan rayas de división con doble línea (donde no son necesarias) y así tener una razón legal para poner multas (o recolectar propinas). No hay manera de olvidar que seguimos en manos del Sagrado Corazón y la deshonestidad mezquina de la mentalidad tropical.
Las recompensas están en el aire puro, los colores que inundan la tierra, los cerros verdosos con los nevados al fondo y la imponencia del muro de roca que rodea la Sabana de Bogotá. Finalmente, para completar el viaje, le damos gusto a la tía, suegra o abuela que suplicó, con un gritó, antes de comenzar la jornada: …“traigan frutas”.