
Para un niño de 8 años, un cambio de colegio significa enfrentarse a una vida totalmente nueva. Cambian las relaciones, el comportamiento diario. Es como llegar a otro mundo. El recuerdo que tengo de mi vida, anterior al Gimnasio Moderno, es un poco vago pero muchas imágenes siguen vigentes. Hasta segundo de primaria, estuve en un colegio estatal, donde las docentes hacían todo lo posible para integrar esa multitud multicultural a la civilización occidental. Me introdujeron a la música clásica. Tuve sesiones dónde nos ponían a escuchar fragmentos de Schubert, Chopin y otros compositores. Había conferencias sobre cómo vestirnos y consejos de higiene. El que me viene a la memoria tiene que ver con el manejo de las medias, decía así: “Al acostarse, es necesario quitarse las medias para lavarlas. Los que no tengan sino un par de medias, deben estirarlas encima de los zapatos para airearlas y poder usarlas al día siguiente”.
No pude averiguar cuáles, de todas esas mujeres que integraban mi curso, eran las culpables de tener un solo par de medias, nunca me les acerqué a una distancia suficiente para percibirlo. Era un grupo de niñas poco comunicativas y poco interesadas en relacionarse con ese infante tímido y distraído. Por esa época, mi padre era muy conocido por su compañía de teatro y sus escritos como periodista. Asumiendo que yo tenía ese mismo germen en la sangre, me reclutaban para los espectáculos del colegio y, dentro de las muchas actividades, acabé bailando Minué con la hija de una amiga de mi madre.
Nunca supe la razón por la cual me cambiaron de plantel educativo, pero hoy puedo admitir que fue una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Además del despiste por el cambio de ambiente, comencé a enfrentarme con contemporáneos que, de una u otra manera, se comunicaban conmigo. Ya fuera para pelear o dialogar. Descubrí gente que me invitaba su casa, conocí sus familias, asistí a eventos como fiestas de cumpleaños, me llevaron a lugares, como los clubes sociales, cuya existencia yo ignoraba.
Cosas y situaciones que no se veían en ese mundo nómade de la farándula. Así, entre carreras de tapas de gaseosa, juegos de canicas, balones de futbol y carros primitivos de control remoto, matoneo por parte de los más grandes, empiezo a descubrir que, fuera del círculo familiar, se pueden hacer amistades y, después de muchos años puedo decir, amistades para toda la vida.

