
El rector de uno de los tantos colegios del departamento del Chocó, me decía en un tono contundente: “Aquí educamos a los muchachos por lo que son para que no tengan falsas aspiraciones y se desarrollen dentro de su etnia como afro-colombianos”. Me sorprendió oír esa afirmación. Yo crecí sin conciencia de las “etnias” y a las personas con piel oscura era normal que nos dijeran “negros”. Siempre viví muy orgulloso de la poca importancia que se le daba en nuestro país al color de la piel. Nunca pensé que el “mono” Villegas, el “negro” Loaiza, el indio Mazabel o “vasoeleche” pudieran sentir que sus apelativos, o el tono de su piel, los hicieran diferentes del resto de los compañeros.
La constitución del ’91 otorgó, con muy buena intención, una serie de beneficios a las etnias. Se les concedieron oportunidades por encima de las de otros colombianos. Las etnias tienen, entre otras cosas, espacios pre-asignados dentro de la televisión estatal. Si se supone que somos una sociedad igualitaria sin distinciones de raza o sexo, la política que favorece a las etnias resulta discriminativa. No deberíamos beneficiar ni perjudicar a nadie por el color de su piel, su nivel de ingresos o sus costumbres regionales. Por otra parte, estas medidas encierran un enfoque paternalista. No una política de desarrollo.

Para sacar el país adelante, debemos recurrir a fórmulas que no tengan visos de “limosna institucionalizada”. Las maneras de combatir la pobreza y la marginalidad social no pueden estar compuestas por subsidios, privilegios y clientelismo. Los subsidios los paga la otra mitad de la población y generalmente llegan a las manos equivocadas. Los privilegios son dirigidos a unos pocos y los puestos públicos nunca alcanzan para todos.
La parte del país que se siente olvidada y rezagada es la causa de la mayoría de nuestros problemas. Las soluciones que han adoptado los últimos gobiernos han dado más resultados negativos que positivos. El bachiller o el universitario promedio, inclusive el que no ha recibido mucha educación, ante la ausencia de oportunidades, se ve obligado a emigrar o buscar ingresos con el narcotráfico y los grupos armados.
Las zonas rodeadas con algún tipo de industria, logran crear comunidades estables. En Becerril (Cesar) entrevisté a varios jóvenes que ya tenían previsto trabajar en las minas de carbón apenas terminaran sus estudios. En el norte del valle, a pesar de los problemas de narcotráfico y paramilitarismo, hay poblaciones agrícolas que gozan de cero desempleo.

Para generar progreso en el Pacífico colombiano, debemos impulsar la economía local, no con clientelismo ni paternalismo, como se está haciendo actualmente, sino impulsando fuentes de trabajo que tengan posibilidades de surgir en esta zona tan agreste. Las aspiraciones del chocoano de hoy, se limitan, generalmente, a lograr una posición dentro del sector público. Quibdó es una ciudad llena de maestros, policías y toda suerte de funcionarios. Busquemos buenas soluciones para el Chocó. Las arcas del Departamento no son inagotables y la política de estado tiende a alimentar una xenofobia que hasta hace algunos años no existía. No creo que sea conveniente dividir a los colombianos en “etnias”.
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