Salíamos a la calle para asistir a ensayos o representaciones y también para revisar los pormenores de la obra que estaba en curso. En una casa de la carrera 5ª, esas que surgen de los andenes altos de la perseverancia, vivían los hermanos Beltrán. Dos ecuatorianos que pintaban los gigantescos decorados de las comedias. Unos enormes telones, con temas de árboles y edificios, pasmados sobre papel “Kraft” y reforzados con una malla de algodón. En la carrera 9ª con calle 12 pasábamos horas interminables mientras mi madre regateaba agresivamente, los precios de los materiales para los disfraces, con los turcos de los almacenes de telas. El recorrido terminaba en la calle 8ª con carrera 8ª, al lado del observatorio, en el Teatro Municipal, durante uno de los ensayos cercanos al estreno de la obra. Nos acomodábamos en un palco para observar a mi padre dando gritos y haciendo mímica. Estaba proporcionando las últimas instrucciones a los actores. Zapateaba enérgicamente con un pié, llevando el ritmo de la música. Era importante cerciorarse que los de la orquesta y la pianista, una robusta chilena llamada Ana Machiavelli, no perdieran el compás.
Ser hijo de un teatrero es una experiencia diferente. Desde el palco donde nos refugiábamos, vimos transcurrir una versión simulada de la historia y las noticias del país, era nuestra fuente básica de información. Una (ligeramente) distorsionada versión de la realidad. El primer contacto que tuvimos con la música (ya fuera clásica o popular) mis hermanas y yo, fue muy distinto al de otros niños. Aprendimos todas las rancheras de la época, los ritmos caribeños, la zarzuela y la ópera con la letra equivocada. Nuestro “brindis del bohemio”, hablaba de chicha y totumas. Cantábamos porros que acompañaban duelos de espadas entre conquistadores españoles del siglo XVl. Recitábamos versos de sátira política que se acompañaban con la música de Jorge Negrete.
A medida que avanzaba el espectáculo, nos iba cogiendo el sueño y, tarde en la noche, nos subían al Ford 41 para regresar a casa. Valía la pena combatir el peso de los párpados y así, alcanzar a ver las fuentes "luminosas" de la Plaza de Bolívar. Ver el agua impregnada de colores era una experiencia mágica. Avanzábamos lentamente por la carrera 7ª al ritmo de un tranvía solitario que, al poco tiempo, dejamos atrás. Cuando la luz del tranvía se convertía en un pequeño punto, mis párpados se cerraban otra vez y, lentamente, la mente me regresaba a todas las fantasías que giraban alrededor de las obras de teatro.
El país de hoy, no es muy diferente a ese que vivimos en las comedias. Todavía perduran muchos temas. La violencia sectaria de “AHÍ SOS CAMISÓN ROSAO”, los políticos corruptos de “EL DOCTOR MANZANILLO”, el clientelismo de “EL ZAR DE PRECIOS”, la ambición de poder de “PÁJAROS GRISES”, los contrastes culturales de “LA FAMILIA POLÍTICA” y diferencias sociales que no se han podido nivelar en los últimos 60 años. En ciertos momentos, hubiera preferido evitar la necesidad de subir a las tablas. De no integrarme con la realidad. No me gusta la comedia que estamos interpretando en este momento. Ciertas situaciones son menos dolorosas cuando las observamos desde un palco.
Luis Enrique Osorio Bernal
Noviembre de 2009
2 comentarios:
Luis Enríque, te felicito por tu BLOG. Está muy bueno e interesantes los temas.
Un abrazo.
Carlos MHz.
Loco le tengo una mala noticia, acabo de descubrir que a pesar de ser un extraordinario fotógrafo lo hace inclusive mejor escribiendo. Que éste sea un motivo para escribir, utilizando la cantera de sus recuerdos un Blog inmenso que seguramente se convertirán en maravilloso libro. Adelante.
Tu amigo Juan Manuel Jaramillo
El Paisa
Publicar un comentario